26 ago. 2008

Los beneficios privados y la deuda pública.


Cuando las cosas van mal, nos recuerdan constantemente; “hay alguien que está peor”.
Hace solo año y medio atrás, el discurso para callar peticiones de mejoras salariales, era esperar consolidar el crecimiento y los beneficios de la economía.

Octava potencia económica del mundo… diez años de bonanza… y los asalariados esperando a; ¿consolidar?
A consolidar…el fin de las cuentas positivas de resultado para volver al punto iniciar… ¡Volver a esperar!

Querían encandilar con un futuro mejor, haciéndonos creer que seriamos participes de un éxito común. Las palabras han sido sentenciadas por el tiempo y, el reparto de beneficios ha sido (como siempre) para unos pocos.

Recuerdo… hace solo año y medio; las empresas del IBEX-35 batiendo récords, el turismo (un valor seguro) imparable en la creación de empleo (temporal), los beneficios de las empresas en cotas impensables y el superávit de las administraciones públicas, los mejores del periodo democrático.

La realidad. La bolsa de los beneficios no ha llegado nunca a repartirse. Entre los sacrificados, miles de trabajadores que han perdido su empleo, y otros millones perfectamente controlados por la amenaza de perder el suyo. La primera medida que toma una empresa al amparo de una crisis es la reducción de personal. Piensan en los números y se olvidan de las personas.
Hay un enorme capital humano con experiencia profesional que acaba en las listas del paro.
¿Que nos queda de todo eso? Ricos más ricos, pobres más pobres. Millonarios más boyantes, familias más endeudadas. Trabajadores más oprimidos y mano de obra barata.

En los diez años de “bonanza” el discurso nunca cambió, ni un solo paso para mejorar los salarios y condiciones laborales. Mucha palabrería; “conciliar vida familiar y laboral”, “queremos que no haya nadie que cobre menos de mil euros”… solo hay que darse una vuelta por los hipermercados, que no paran de abrir, en pueblos y ciudades. Pregunten a sus empleados, muchos con títulos universitarios, por sus condiciones de horario y salario.
“Liberar horarios para crear más empleo”. Ocho por tres 24 horas. ¡NO! Doce por dos 24 y me ahorro uno. Jornadas de más de ocho horas, horas extras a cambio de días libres, salarios sub-mileuristas y contratos en régimen de semi-esclavitud.
“Si las cosas van a peor que me quede como estoy” la eterna consigna de la precariedad.

El discurso inmovilista, de la moderación salarial, sigue anclado en el ideario de los poderosos.
Los más ardientes valedores, son los mismos que han hecho caja y, esperan en sus yates que la crisis no ahogue la mano de obra indispensable para sus negocios.

Ahora que la crisis asfixia a las familias, esta bien recordar;
¿De quien no es la culpa?

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